Hablar sobre liderazgo no es cosa fácil.
Por un lado, existen muchas definiciones, interpretaciones, ejemplos y antiejemplos. Por otro lado, no hay un consenso único sobre lo que es el liderazgo.
Sin embargo, lo anterior no debe ser una limitación para explorar las diversas formas de éste que existen.
Hace un par de años, uno de nuestros clientes nos pidió un taller enfocado en temas de liderazgo. A raíz de ello, nos dimos a la tarea de investigar a profundidad todo lo relacionado con el concepto.
No fue cosa fácil, sobre todo por la abundancia de información abrumadora.
Fue en un momento de suerte, quizá por la perseverancia de buscar “luz”, que me topé con un artículo de Robert Quinn, publicado por Harvard Business Review en 2005, llamado “Moments of Greatness: Entering the Fundamental State of Leadership”.
La virtud principal del artículo radicaba en su practicidad. Los conceptos eran relativamente sencillos de aplicar y explicaban cómo cada uno de nosotros muestra al menos una vez en la vida la capacidad de ser un líder.
Con la finalidad de motivarlos a que lean el artículo por su cuenta, quiero compartir con ustedes los aprendizajes que, desde mi punto de vista, son los más relevantes y así dar paso a la reflexión.
La mentalidad
Desempeñarse al máximo nivel posible no es algo que se dé por arte de magia.
Piensa por un instante: ¿cuándo fue la última vez que te sentiste más que satisfecho por algún proyecto? Seguramente requirió mucho esfuerzo, disciplina y dedicación.
Seamos sinceros: es difícil que alguien se mantenga en ese estado por mucho tiempo, es casi imposible.
La ventaja de ser conscientes de esta situación es que nos permite, a voluntad, entrar en un nivel de desempeño por encima de nuestra zona de confort. En pocas palabras, ser líder es una decisión.
Reconocer la diferencia entre nuestra zona de confort y el más allá permite mentalizarnos, y es el primer paso hacia un desempeño mejor.
Por el contrario, hacernos de la vista gorda nos empuja hacia la “normalidad”, la cual no inspira ni mueve a nadie.
Las cuatro dimensiones
Una vez que reconocemos la diferencia entre nuestra zona de confort y un estado de máximo desempeño como líder, podemos tomar la decisión de mejorar.
Te preguntarás, ¿y qué puedo mejorar? Quinn nos provee de cuatro dimensiones en las cuales podemos trabajar:
- Centrarme en el confort vs. centrarme en resultados: en lugar de quedarme con lo que sé y puedo controlar, me pongo objetivos y resultados diferentes que me empujan a nuevas cosas.
- Dirigirme por el exterior vs. dirigirme por mi interior: en lugar de cumplir con las agendas y deseos de los demás, apelo a mis valores personales como guía de comportamiento.
- Enfocarme en mis intereses vs. enfocarme en los demás: en lugar de dar prioridad a lo que a mí me conviene, pongo primero el interés del grupo.
- Cerrarme en el interior vs. abrirme al exterior: en lugar de bloquear y negar los estímulos del entorno, aprendo y observo de él para reconocer cuándo hay que hacer cambios.
En resumen, una persona que toma la decisión de entrar en su estado de liderazgo, es una que busca resultados concretos fuera de su zona de confort, se comporta de acuerdo a sus valores, se enfoca en el bien común y es capaz de identificar cuándo las cosas tienen que cambiar.
Nota final
Robert Quinn ofrece en su artículo los pasos a seguir para entrar en el estado fundamental de liderazgo. Lo más relevante es ser conscientes de que todo comienza con la decisión de ser un líder.
Adicionalmente, es importante reconocer que ya nos hemos desempeñado en el pasado como líderes, aunque no lo tuviéramos presente.
Una pista: cuando hemos estado bajo estrés para cumplir con un proyecto, es muy probable que te hayas desempeñado al máximo.
Sin embargo, Quinn señala que es insostenible estar bajo estrés todo el tiempo, por ello se dio a la tarea de encontrar las cosas que se tienen que lograr para entrar al estado fundamental de liderazgo. El resultado fueron las cuatro dimensiones.
Te invito a ponerlas en práctica, y así puedas moverte a ti y a los demás a la acción.