La importancia de la narrativa humana

Por: Andrés Oliveros

Narrativa, historia, storytelling y experiencia son las cuatro palabras que más he leído durante el último año (excluyendo nombres personales). Desde que Óscar y yo vislumbramos la posibilidad de usar historias en el mundo profesional –y haciéndolo, convertir el espacio mercantil en un gran diálogo que ponga a la persona humana en el centro–, gran parte de mis lecturas giran en torno a ellas.

Uno de los textos que más me han guiado hacia lo que ahora llamamos INSPIRA es un par de páginas escritas en un libro de filosofía de la belleza. La primera vez que leí el texto fue allá por el 2006 pero no me cautivó. Luego, me lo volví a topar a principios del 2010. Esa ocasión causó un mayor impacto, pero no llegó a encender nada en mí –al menos no conscientemente–.

Pero hace unos meses volvió a aparecer, y ahora sí me golpeó de frente. El texto aparece en Pulchum, cuyo autor es Antonio Ruiz Retegui.

En él, Ruiz explica que hay varias maneras de señalar a una persona y de diferenciarla de otras; de identificarla, pues. Una de ellas es usando su nombre. Sin embargo, cuando se trata de comunicar este conocimiento –esta diferenciación– a otras personas distintas, o para recordarla personalmente, el nombre no basta.

“Es necesario recurrir a aquello en lo que se define la persona: su historia, su vida. La persona se conoce en su historia. La persona cuenta historias, fundamentalmente la suya propia y la de las personas que configuran su vida, porque ésta es la manera de nombrarse, de entenderse a sí mismo y de hacerse entender por los demás. La persona se manifiesta en su vida, en sus acciones y en sus palabras”.

Por eso el teatro –antes– y las películas –ahora– captan intensamente nuestra atención: en ellas vemos a personas como nosotros representadas -nos vemos a nosotros- dinámicamente. “La representación más adecuada de la persona es la representación dramática, es decir, la que presenta a la persona en la situación en que la acción está unida al discurso, y a su vez, el discurso está unido a la acción. Cuando mayor y más íntima sea esta correspondencia entre el discurso y la acción, más lograda es la representación de la persona” (el subrayado es mío).

Y concluye el autor:

“La inteligencia más propiamente personal se mide por la capacidad que tiene cada persona para saber qué ha pasado en un trance determinado, en el sentido de saber qué hechos han configurado la vida (…). Como la persona se conoce en su historia, debemos reconocer que la forma más alta de inteligencia es la narrativa en sentido amplio (contar una historia, narrar una vida, entender una situación, una historia, dilucidar una coyuntura, etc.), saber qué ha pasado, saber contar una película, entender su trama humana”.

Sobre el autor

Andrés Oliveros

Cofundador & RP

Andrés es testigo de cómo se desperdicia muchísimo tiempo, talento y energía en las organizaciones por operar como lo hacían en el siglo pasado. Desde el 2012 se dedica a ayudarle a líderes y a equipos en empresas globales a mejorar cómo aprenden, se comunican y colaboran para destrabar el potencial de sus colaboradores y así ayudar a crear comunidades más humanas. 💬



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